
Las acelgas son de la misma familia que la remolacha, y algunas variedades guardan sus colores en la penca: amarilla, naranja, roja o blanca. Plantadas juntas, la fila de acelgas parece un arcoíris.
Cada variedad tiene su forma. La acelga roja suele tener la penca larga y estrecha, y una hoja no muy grande al final de un tallo largo. Otras tienen la hoja ancha, que nace desde la base.
La acelga fucsia que nadie plantó
Y aquí viene lo más bonito: de un año para otro, las acelgas se fueron cruzando entre ellas, y las que nacían solas eran distintas. Así nos salió una acelga fucsia que no habíamos plantado: hija de alguna blanca de penca ancha, con algo de naranja y de roja.


Se cultivan en otoño, invierno y primavera, y aguantan bien el frío. No hace falta arrancar la planta: se cortan las hojas de fuera y la acelga sigue dando durante meses.
¿Crudas o cocinadas? Eso, a gusto de cada cual. Crudas y tiernas, en ensalada, están buenísimas, y pasadas unos minutos por la plancha, riquísimas. Cuando no sabemos de dónde viene una verdura de hoja, como las acelgas o las espinacas, preferimos cocinarla.
Aliadas en la huerta de verano
En verano, las acelgas nos echan una mano. A los pulgones les encantan, así que preferimos que se den el festín en una buena planta de acelga y dejen tranquilos los tomates. 😉
Y alguna se nos fue de las manos: la acelga gigante de penca blanca de las fotos casi no cabía en el guante.





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